Como todos los años, cuando llega la época de sacar los pájaros de los terreros, los cuquilleros empezamos a sentir esa sensación especial que nos lleva a pensar que nosotros también estamos “entrando en celo”. Es una especie de desasosiego, algo que se nos apodera por dentro y que nos lleva a cambiar nuestra conducta habitual. Vamos de viaje y vamos pensando cómo serán los pájaros del paraje por el que atravesamos, pasamos por una tienda de animales y se nos van los ojos buscando los jauleros, a los que no tardarán mucho tiempo en llegar las promesas de la nueva temporada. En cualquier sitio somos capaces de adivinar al pájaro de nuestros sueños. Somos como los aficionados a jugar a la lotería, en cada número que se cruza por sus ojos, creen distinguir la combinación destinada a hacerle millonario. Nosotros, en cada pájaro que miramos embelesados, en su jaula antes de adquirirlo, creemos ver al que nos hará olvidar tantos desengaños anteriores. 

       Hablando de este tema con el Dr. Juan José Cabrero, en uno de nuestros encuentros didáctico-cinegéticos ( los llamo así, porque siempre que tomo una copa con este amigo, acabo aprendiendo algo) me refería la anécdota que ahora paso a contarles, y que considero de especial interés para los amigos del jaulero, y para cualquier cazador que para desarrollar su afición se vea necesitado de comprar algún animal.

       Como cada año, cuando octubre anda contando sus últimos días, los compañeros de coto y tertulia de Juan José, andaban esperando el día en que el dueño de la granja de perdices solía llamarlos para ser los primeros en visitar su exposición.   Tiene este industrial la costumbre de seleccionar, todas las temporadas, los doscientos primeros ejemplares que de su casa salen y tenerlos quince días enjaulados, antes de llamar por teléfono a sus clientes habituales, o como él los llama “los de toa la vida”, para que sean los primeros en escoger de esa selección inicial, antes de abrir a la venta del menudeo diario.

        Lógicamente los clientes que acuden llamados por este privilegio, acaban con los seleccionados en cuatro o cinco días, y ya van dando la voz de que “Antonio ya ha sacado los pájaros de este año”,  con lo que ambos salen ganando, unos eligiendo los primeros y el otro por la publicidad que recibe, que unido a la calidad de lo vendido en años anteriores hacen que mediado diciembre “haya limpiado la era”.  

         Cuando a mediados de octubre, Antonio llamó a Juan José, para informarle de que los pollos del año estarían a su disposición en los jauleros a partir del sábado siguiente a las doce de la mañana, sabía que con aquella llamada se estaba garantizando la venta de treinta y cinco o cuarenta pájaros de una tacada. Ya que en cuanto el médico recibiera la llamada, inmediatamente pasaría el mensaje a su hermano José Luis, a Benjamín,  a Curro Bonilla, a Pepe Molina… y el que menos, a primeros de campaña y con el plumaje que tenían los seleccionados de aquel año “tiraría” de ocho o diez. Eso unido a alguna jaula para renovar y algún casillero… los mil euritos garantizados.  Apenas colgó el teléfono su pronóstico se cumplió y en media hora se había confirmado el encuentro para el sábado a las diez. Como de costumbre, para esta primera visita anual a la granja, llevarían el remolque de los perros, donde cabían – bien colocadas- cuarenta jaulas, para que los recién adquiridos pudieran realizar el viaje de vuelta a plena comodidad, pudiendo sus nuevos propietarios, pararse a mitad del camino a degustar una buena comida , sin miedo a que ningún pájaro se asfixiara en el coche.

         A Benjamín se le complicó la  guardia con un accidente de tráfico y tuvieron que iniciar el viaje una hora después de lo previsto, con lo que también la llegada a la granja se retrasaría y posiblemente ya no serían los primeros.

        Tenía Antonio la sabia costumbre de no permitir que un grupo entrará a pasear dentro de la nave mientras otros estaban escogiendo, para evitar discusiones y de paso que se molestara a los pájaros lo menos posible, de forma que mientras unos hacían su selección los siguiente esperaban a la entrada de la nave, respetando el turno de los demás compradores y sin hacerles precipitarse en la elección.

        Tal y como presagiaban al llegar a la granja había ya cuatro coches en la puerta, todos con un denominador común, Land Rover viejos y con todo tipo de arañazos y abollones.

-  Malo, gente de campo tenemos delante.  - Aventuró José Luis-.

Y no se equivocaba, cuando Antonio salió a recibirles, después de todos los parabienes, les indicó que en cuanto terminaran de elegir el grupo que había dentro- que no tardarían mucho- podían empezar ellos su selección. Mientras tanto podrían tomar una cerveza fresca en una mesa que había puesto al principio de la nave con unas “tapillas , para pasar el rato.  Repartió los vasos, los sirvió y empezó a repartir conversación, como quien reparte cartas, a todos los presentes mientras esperaba que los que elegían le indicaran que habían terminado.

            A Juan José le llamó la atención el aspecto desaliñado de los cuatro que estaban dentro y se lo hizo notar a su hermano mientras seguían con la mirada las evoluciones de los que estaban entresacando los primeros ejemplares. A continuación le llamó sorprendió que seleccionaban con un criterio, por lo menos alejado, del que les movía a ellos. Cuando acercaron las cinco primeras jaulas a la puerta para cambiar los pollos a las que ellos traían, pudieron ver que los animales estaban rozados de pluma, “alguno aporreado” y mas bien “feuchos”.  Antonio, que es capaz de mantener una conversación, escuchar otra y que no se le escape un gesto de otro que tenga a su espalda, pronto vio las miradas de sorpresa que cruzaban entre sus invitados y las que dirigían a aquellos que acababan de salir de los casilleros.

 -   No se preocupe don Juan José, que estos no se van a llevar ninguno de los que a usted le gustan.
-    ¿ y, eso?
-    Ahora se lo explico, cuando se vayan.

Pasados veinte minutos los primeros clientes habían reunido junto a la mesa a los –sin duda-  veinte pájaros más feos de aquella exposición, los más delgados, los más rozados de pluma, y algunos con los picos pelados de alambrear. Había alguno que prometía romperse la cabeza -si no lo tapaban rápido- antes de abandonar aquella habitación. Antonio, les pregunto si habían terminado, a lo que contestaron afirmativamente, de tal modo que les cobró lo pactado y dirigiéndose al más joven le dijo:

-  Venga Pedro!, ahora mientras estos señores terminan la cerveza,  pasa y escoge uno para tu padre que se lo regaló yo.

Cuando volvió con el elegido, en nada se parecía a los anteriores. Aquel no se movía en la jaula que Pedro portaba en la mano derecha como un camarero la bandeja, a la altura de sus ojos. Era un pájaro con un plumaje perfecto, con el pecho marcado, la cabeza grande y los ojos muy redondos, ribeteados de un rojo encendido, que hacían que el color del pico pareciera granate. Tenía las cejas grandes y blancas, el pico corto y grueso, el cuello como los caballos árabes, como gancho de romana, las patas firmes y un gesto arrogante desde el que los observaba casi con desdén ¡Que ejemplar!.  Todos miraron alternativamente al pájaro y entre ellos. Y el muchacho, como si tuviera necesidad de explicarlo, les dejó con la duda aun mayor cuando dijo: Este, es que es pa mi padre, y mi padre si entiende de esto.

            Sin más comentarios, cargaron los nuevos inquilinos de sus jaulas en los coches y desaparecieron con un ¡Hasta otro día¡ detrás de la estela de polvo que levantaban por el carril.

            Antonio destapó otra cerveza, llenó los vasos y explicó lo que habían visto. :

            - ¿Lo ve usted don Juan José?. Yo sabía que estos no se llevaban ninguno de los que a ustedes les gustan. Aunque a lo mejor el ultimo le ha dolío, pero hay más, no se preocupe. Estos, son pastores de la sierra, se llevan los más desgarbaillos y los ariscones, que son los que parecen serranos, los pagan aquí a veinte euros, y se los venden allí arriba a los “entendíos” que suben los domingos por sesenta euros el más feo. Asegurando que son del pico de la Cabeza del Moro, o del olivar de “Juansindios”, y luego los señoritos van presumiendo de que tienen un pájaro de campo, comprado a los pastores en lo más alto de la sierra, y que por cuatrocientos euros le sacaron cuatro perdigones y un choto. Y, es que, don Juan José, desde que el choto ha bajado de precio… las criaturas tienen que hacer sus negocios. En fin vamos pa dentro ¡a  ver que cogen ustedes!.

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