“LA PICAILLA”

LA CAZA DE LA PERDIZ CON RECLAMO

La vida de la perdiz atraviesa una etapa en la que se suceden los enfrentamientos guerreros entre los machos, dentro del seno de un bando, para la elección de la hembra por la que suspiran y así cerrar su ciclo biológico natural. 

Durante las distintas fases madurativas de los pollos ya se ha ido cimentando una jerarquía donde los más valientes y agresivos miembros del bando ocupan los puestos de mando, que suele estar encabezado por el padre, seguido muy de cerca por los pollos más valerosos.

  

Una vez llegado al estado adulto adquieren el tamaño de la perdiz, se igualan en tamaño a ella y adquieren el nombre de igualones. Ya en estas fechas los machos de mayor empuje y valor pretenden escalar posiciones de dominio sobre aquellos otros miembros del bando más flojos de temperamento, de menor casta y agresividad.

Estas riñas, peleas y continuos enfrentamientos suelen comenzar con varias fases de tanteo, que les servirá para consolidar una jerarquía de mando que será determinante cuando comience la disgregación del bando en pares ó colleras. Es el progenitor- por corpulencia y experiencia- el que suele controlar los distintos conatos de insumisión que se producen en el clan familiar, poniendo a cada uno en su sitio.

Pero inevitablemente la llamada de la naturaleza para la reproducción hará disparar, de forma inevitable, la contienda entre sus miembros para elegir pareja y posteriormente buscar un nuevo territorio, o querencia, donde asentarse y hacerse fuertes.

Es, en esta fase de sus vidas, cuando los aletazos, saltos, agarrones, picotazos, carreras, persecuciones, y enfrentamientos guerreros de todo tipo se suceden sin parar. Las hembras son testigos de estos lances y como meras observadoras muestran una falsa indiferencia. Solo suelen apartarse a cierta distancia dejando espacio a los machos guerreros para que puedan batirse a su gusto.

En ocasiones, alguno de ellos se encarama sobre lugares algo elevados mostrando su superioridad y tratando de indicar al resto que deben acatar su autoridad. Mientras, otros pollos valerosos, en grupos de dos o más, esperan al entronizado macho que se baje de su atalaya para darle un soberano escarmiento. Las alas caídas, las moñas levantadas, alguna que otra pluma que vuela por los aires de los agarrones que se propinan, y la emisión de cantos y sonidos, en extremo belicosos, suelen presidir las preciosas escenas de una picailla, llamada así por las continuas picadas que se reparten entre ellos. 

  

Al existir una escala de mando en forma piramidal, los que ocupan los lugares de privilegio son los primeros en elegir hembra y así el resto del bando permite que se aparte con la “elegida” a cierta distancia. Pero si alguno de los miembros no está de acuerdo introduce de nuevo  la discordia en el bando y de nuevo vuelta a los enfrentamientos y disputas. Casi siempre son los progenitores los que se alejan los primeros del grupo familiar dejando a su prole que siga sus pasos en la elección de su pareja.

De esta forma, gradualmente, cada pareja recién formada abandona la formación grupal donde ha nacido y desarrollado y buscan un lugar, o nuevo territorio,  donde hacerse dueños del mismo. Cuando la densidad perdicera de la zona es elevada, las querencias o territorios se reducen de forma obligada para albergar a las distintas colleras recién formadas. Por este hecho, cuando existe superpoblación, la defensa territorial adquiere un valor secundario.

Si después de la disgregación del bando imperan condiciones climáticas muy adversas, como grandes nevadas, suelen agruparse algunos miembros del viejo bando, aunque no todos los componentes del mismo. Pero esta reunión es circunstancial y pasajera pues en cuanto mejoran las condiciones adversas vuelven a separarse para no hacerlo ya nunca más.

No obstante, al principio de cada temporada cuquillera cuando emplazamos nuestro puesto en aquellos lugares donde se ha tenido lugar hace poco la partición del bando, solemos ser testigos de enfrentamientos, carreras y persecuciones pues aún no tienen bien delimitadas las querencias. Algunos piolíos, revoladas y el presentarse de callada varias parejas en la ubicación de nuestro puesto, serán también maravillosas escenas de las cuales podremos ser testigos. 

 

Cuando las querencias apenas existen, pues es excesiva la densidad de pares recién formadas, no suele existir defensa de la misma, ya que se limitan a mantenerse a cierta distancia sin que lleguen a existir, en la mayoría de las ocasiones, enfrentamientos para defender un territorio común que comparten con muchos de sus congéneres.

Por esta razón, cuando situamos el puesto en un lugar de estas características se produce la desesperación, tanto del reclamo como del cuquillero, al comprobar el caso omiso que hace el campo a las continuas llamadas de nuestro reclamo.

Distinto es el caso aquel del cual somos testigos y es el referido a vivir, paladear y disfrutar dentro del puesto de una picailla. Suelen ser muy contadas las oportunidades que nos brinda un hecho de estas características.

Si además contamos con la presencia en el tanto de un reclamo valiente, veterano, suave en sus cantos, meloso en el recibo y que no se acobarde en los momentos aquellos donde los más valientes del bando acuden a la plaza queriendo eliminar, de forma muy agresiva y al mismo tiempo persuasiva, a otro contrincante o adversario más a la hora de elegir pareja, entonces seremos afortunados testigos al contemplar escenas de alto valor cuquillero.

El hecho de presentarse en plaza varios guerreros mostrando sus armas de defensa tiene una explicación lógica pues cuando detectan, por el canto, a otro macho en su querencia supone la presencia de un nuevo contrincante, o adversario, que viene a entrar en la disputa por las perdices, además de considerarlo- por lo mensajes agresivos que pregona- un intruso que ha osado invadir su territorio o querencia.

Por esta razón cuando escuchan los mensajes del invasor acuden presurosos al lugar donde nuestro reclamo se encuentra. En ocasiones, y antes de llegar a nuestra ubicación, vienen emitiendo sonoros regaños acompañados de sonidos, en extremo belicosos, para desalojar de forma inmediata a aquel que se ha presentado sin permiso para ocupar un terreno que les pertenece.

Otras veces se presenta el primero el gallo de banda en plaza, escudado, con aires de ira y persuasión, grifado, de callada, trasladando mensajes visuales “de pluma”, pretendiendo acobardar a nuestro reclamo.

Solo transcurren breves momentos de estas apasionantes imágenes cuando también irrumpen en el escenario los pollos más valerosos del bando……….¡que momentos de emoción!...varios de ellos contornean el pulpitillo, otros intentan encaramarse en la jaula pretendiendo propinarle un soberano escarmiento a nuestro reclamo….

Mientras…. y como música de fondo…. se oyen las revoladas, picotazos, agarrones y piolíos de otra “picailla”, o los enfrentamientos de los distintos pares recién formados que al haber encontrado un nuevo territorio donde asentarse pretenden delimitar sus respectivas querencias ….que más puede pedir un aficionado….todo un precioso sueño cuquillero, sin lugar a dudas uno de los mejores.

Cuando somos afortunados testigos de vivir estas privilegiadas escenas, el corazón quiere salirse de nuestro pecho, la emoción alcanza cotas inimaginables, disfrutamos  y sufrimos al mismo tiempo, pues no llegamos a adivinar el final de tan insólita situación.

Si alguna hembra entra, como mera observadora, en la plaza, suelen los machos hacerles la rueda, escudándose al lado de ellas al tiempo que las “invitan” a marcharse del lugar, pues pueden llevarse algún picotazo de algún macho llevado por la ira adquirida por la situación que atraviesan. De hecho, si el puesto trascurre en el filo del monte, es aquí donde suelen llevarlas para, a continuación, arrancarse en veloz carrera hacia la plaza para continuar con la batalla que tienen pendiente.

La excitación de los machos suele ir en aumento ya que se dejan llevar por el calor del momento y así no es extraño verlos con  claras intenciones de encaramarse en la jaula para batirse con aquel extraño que de forma descarada les está presentando batalla y además en un terreno que no le pertenece.

Estos puestos suelen ser excepcionales y muy raros de presenciar. Cuando hemos sido afortunados testigos de tener una experiencia semejante, guardamos celosamente en nuestra memoria perdigonera cada detalle, cada momento, cada imagen… volvemos a paladearnos del regusto dejado….  y así recordamos una y otra vez, de forma muy lenta, todos los pormenores de aquel maravilloso puesto, donde tuvimos  el privilegio de vivir una “picailla” de perdices…

Manuel Romero Perea. Autor del libro: La caza de la perdiz con reclamo. Arte, Tradición, Embrujo y Pasión.